• José de la Cruz, M.th

LOS DESCALIFICADOS

Actualizado: 2 ago 2020


Con frecuencia se escucha la pregunta, ¿se pierde la salvación ? Yo al respecto no tengo autoridad, no obstante, existen algunas características bíblicas de quiénes no pueden entrar al reino de los cielos. El libro de Lucas relata el viaje de Jesús a Jerusalén donde se aborda los dos temas teológicos fundamentales del reino de los cielos. El primero señala la fe, Lucas 18:1-8; y el segundo la oración, Lucas 18:10-14.

 

Para el tema observemos el segundo relato, (Lc.18.10-14). Jesús presentó esta parábola “para aquellos que suponían en sí mismo como justos, y despreciaban a los otros” (Lc. 18.9). En su contexto la parábola fue dirigida a los fariseos que se consideraban hombres honrados y cumplidores de toda la ley, mientras despreciaban a los otros, “los pecadores” incluyendo los discípulos de Jesús. La parábola presenta el dualismo de la época, el fariseo celoso del cumplimiento de la ley y el publicano que simboliza el polo opuesto de aquella sociedad. Mientras el fariseo diezma más de lo prescrito por la ley (v.12) en cambio, el publicano además de servirle al imperio explotador, solía recolectar más impuestos de lo establecido para su beneficio personal.

A juzgar por el verso 13, sabemos que ambos subieron al templo, pero el publicano no se atrevió a entrar al atrio, se quedó “lejos” lo que puede dar a pensar que el fariseo sí entró al atrio, un lugar visible y predominante. La oración del fariseo es de acción de gracias, no de petición. Presume de su posición y de ser superior a los demás. En su catálogo se presume de tres cualidades: 1ro. No tiene trato con los “pecadores”, 2do. Su sacrificio personal, ayuna dos veces por semana a pesar que la ley habla de un solo ayunó al año, el día de la expiación y finalmente, además del sacrificio físico, está el económico, al dar diezmos de todo cuanto ganaba. Es eminente que la oración es una autoproclamación de confianza en sí mismo (v.11) en oposición a la confianza en Dios.

El apóstol Pablo criticó esta misma postura a los hermanos de Corintios, (2 Co. 1:9).


En cambio, la oración del publicano era una súplica de misericordia, él era consiente de su condición de pecador. La vergüenza y la culpabilidad no le permitía pasar más haya de los muros del templo. Sabía que la raíz de sus males estaban en su corazón, su oración era una solicitud para que Dios intervenga en su vida (v.13). A pesar que el fariseo era un hombre "justo", la confianza en su justicia le fue contada por iniquidad (Ezequiel 33:13). En cambio, la apelación del publicano “Dios se propicio a mí, yo el pecador” tiene respuesta en el Salmos 51:17 donde describe quiénes pueden entrar en el reino de los cielos.


Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; Al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás, Salmos 51:17.

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